En Lima, las noches siempre han tenido algo de ritual. Una mesa que se alarga, una conversación que se transforma en madrugada y una ciudad que, poco a poco, ha comenzado a mirar la coctelería con el mismo nivel de sofisticación con el que ya observa su gastronomía. Ahora, en el piso 13 del imponente hotel nhow Lima, ese ritual adquiere una nueva dimensión con la llegada de Poolbar by Handshake, la primera incursión en Sudamérica de Handshake Speakeasy, uno de los bares más influyentes del continente.
No se trata solamente de un rooftop. Tampoco únicamente de un bar. El nuevo espacio, desarrollado en alianza con nhow Lima (Minor Hotels Europe & Americas), funciona como una declaración de intenciones sobre hacia dónde se dirige hoy la hospitalidad de lujo en Latinoamérica: experiencias más inmersivas, emocionales y profundamente conectadas con la identidad de cada ciudad.
Desde antes de su apertura, el proyecto ya generaba expectativa en redes sociales y entre la escena gastronómica local. La curiosidad por el rooftop, la piscina y la llegada de Handshake a Lima convirtió al espacio en uno de los lanzamientos lifestyle más comentados de la temporada. Pero detrás del ruido digital existe una visión compartida, no sólo entre hospitalidad, sino también diseño y coctelería contemporánea.
“Queremos que el rooftop se convierta en un punto de encuentro donde las personas puedan disfrutar no solo de coctelería de alto nivel, sino también de música, ambiente, hospitalidad y experiencias memorables”, afirman desde nhow Lima.
La estética del lugar acompaña esa narrativa. Durante el día, el espacio funciona casi como un oasis urbano suspendido sobre la ciudad; al caer la tarde, la atmósfera cambia lentamente hacia una experiencia más social, relajada, así como magnética, marcada por sunsets, música y una energía que recuerda más a Ciudad de México, Miami o Tulum que a la Lima tradicional.
Pero quizás lo más interesante de Poolbar by Handshake ocurre detrás de la barra. Valeria Flores, una de las voces clave de Handshake Speakeasy, habla de coctelería como quien habla de una vivencia súper emocional. No hay grandes discursos ni obsesión por el espectáculo visual. La filosofía es otra: menos espectáculo, más experiencia.
“Nuestra coctelería es muy minimalista. No nos enfocamos tanto en el garnish o en el show visual, sino en que el cóctel sea increíble por sí solo”, explica. “Si una bebida necesita demasiados elementos alrededor para funcionar, entonces probablemente el sabor no está haciendo bien su trabajo”.
Ese enfoque resulta particularmente interesante en un momento donde muchos bares parecen diseñados primero para Instagram y después para el paladar. En Handshake ocurre lo contrario; la técnica, la precisión y el servicio aparecen antes que el show.
Aunque el bar se ha convertido en un fenómeno de volumen en México, Flores insiste en que el crecimiento nunca puede comprometer la experiencia humana. “Nosotros buscamos exactamente lo contrario: mantener una experiencia cercana y muy humana, incluso con una alta demanda”.

Esa idea de cercanía atraviesa todo el proyecto. Incluso el propio nombre —Handshake— habla menos de coctelería y más de vínculos. “Tiene relación con los acuerdos, la confianza y la hermandad”, comenta Flores. “Con el tiempo se convirtió en una representación de amistad, trabajo en equipo y construcción colectiva dentro de la marca”.
La llegada a Lima tampoco busca replicar exactamente lo que ocurre en México. El objetivo es reinterpretar la experiencia desde el contexto local. Por eso, varios cócteles incorporarán ingredientes peruanos y distintas etiquetas de pisco, explorando nuevas posibilidades dentro de la mixología contemporánea.
“Lima tiene una cultura gastronómica muy desarrollada y una apertura muy real hacia nuevas propuestas”, señala Flores. “Existe muchísimo potencial para la coctelería porque el público está dispuesto a explorar sabores, experiencias y conceptos distintos”.
En esa mezcla entre sofisticación internacional y sensibilidad local parece estar la verdadera apuesta de Poolbar by Handshake. No imponer una fórmula extranjera, sino integrarse a una ciudad que hoy atraviesa uno de los momentos más interesantes de su historia gastronómica y cultural. Porque quizás ahí está la verdadera transformación: Lima ya no solo quiere comer bien, también quiere beber mejor, quedarse más tiempo y convertir la noche en una experiencia completa e inolvidable.


