La historia de Yohanna Gursey podría contarse a través de una máquina de coser a pedal, una colección de edición limitada o un aula llena de jóvenes que aprenden a transformar una prenda usada. Pero ninguna de esas imágenes, por sí sola, explica el recorrido de la diseñadora dominicana. Para ella, su vida se parece más a un mosaico: piezas distintas, algunas luminosas y otras difíciles, que con el tiempo terminan formando una misma figura.
“Desde aquella máquina de coser a pedal, Regina, he aprendido haciendo, equivocándome y volviendo a empezar”, recuerda. En esa frase conviven la disciplina de un oficio y una convicción que atraviesa su relato: la fe como impulso para avanzar y el aprendizaje como una tarea que nunca se termina.
Su carrera la ha acercado a universos creativos de alcance internacional y a nombres como Ralph Lauren, Jason Wu y Narciso Rodríguez. De esas experiencias, cuenta, aprendió que detrás de una pieza que parece sencilla existe un sistema complejo de investigación, producción, decisiones comerciales y trabajo humano. La industria, sostiene, no se construye únicamente con una idea atractiva, sino también con el conocimiento y las manos que la hacen posible.
Encontrar una voz propia implicó cambiar la pregunta. En lugar de concentrarse en lo que dictaba la tendencia, comenzó a preguntarse qué quería contar a través del diseño. Su proceso creativo, explica, empieza antes del primer dibujo: en la observación del mundo y en la búsqueda de aquello que merece convertirse en una pieza.

Repensar el lujo
Esa mirada está presente en GERCI, su marca, que apuesta por un lujo consciente y por las ediciones limitadas. Para Gursey, el valor ya no se reduce a la exclusividad o a una confección impecable. También está en el tiempo, el conocimiento y la dedicación que requiere dominar un oficio. “El verdadero lujo no es solo poseer algo valioso, sino aprender a reconocer el valor que hay detrás de lo que poseemos”.
La idea también se puso a prueba en una colaboración reciente de YAKO NEW YORK, marca de la que es socia y cofundadora, con la diseñadora Ágatha Ruiz de la Prada. La presentación de esa colección en República Dominicana fue, según relata, un ejercicio de diálogo entre identidades creativas: comprender el universo visual de otra diseñadora sin imitarlo ni renunciar a la propia mirada. La experiencia reforzó una de sus convicciones: colaborar no significa borrar las diferencias, sino encontrar el punto donde pueden convivir. En ese encuentro, además, destaca el valor de un liderazgo que comparte espacios y abre oportunidades para que otros también crezcan.

La moda como herramienta de cambio
Su trabajo no termina en una colección ni en una pasarela. A través de Sun and Water Foundation y The Green Fashion Project, lleva la conversación sobre moda y conciencia ambiental a espacios educativos. Allí, la reutilización de prendas funciona como punto de partida para desarrollar creatividad, criterio y responsabilidad entre los jóvenes.
La pregunta que propone es sencilla: ¿qué más podría llegar a ser una prenda usada? La respuesta, sin embargo, va más allá de la transformación material. Gursey busca que los estudiantes se conviertan en consumidores, profesionales y emprendedores capaces de evaluar lo que compran, las empresas que apoyan y la huella de sus decisiones.
Para ella, compartir lo aprendido es una responsabilidad. “La moda me dio una profesión y una voz, pero también me hizo consciente de su impacto económico, social, cultural y ambiental”, señala. Su apuesta educativa parte de esa conciencia: transformar hábitos y ampliar las posibilidades de quienes vienen detrás.

Lo que queda cuando se apagan las luces
En la identidad visual de GERCI, el caballo representa fuerza, libertad, nobleza y elegancia. Gursey lo vincula también con una idea de feminidad que avanza con firmeza sin renunciar a la identidad. Es una imagen que dialoga con el relato que construye sobre su propia trayectoria: avanzar, aprender y decidir hacia dónde dirigir el camino.
Sin embargo, cuando se le pregunta qué permanece detrás de los títulos y reconocimientos, su respuesta se aleja de la industria. Habla de la fe, de la humildad y de las cosas cotidianas: cocinar, escuchar música, contemplar la naturaleza, cuidar a los suyos y celebrar los logros de otras personas. “Más que por una pasarela, quisiera ser recordada por la persona que fui cuando las luces se apagaron”.
De cara a 2027, sus objetivos apuntan a consolidar GERCI, ampliar el alcance de sus iniciativas educativas y explorar nuevas culturas, conocimientos y colaboraciones. No presenta ese futuro como una obra terminada, sino como un proceso todavía abierto.
Quizá por eso vuelve a la imagen del mosaico para explicar lo que espera dejar. Quiere que el conocimiento compartido se convierta en oportunidad para otros, y que esas oportunidades sigan pasando de una persona a la siguiente. En su historia, el diseño no se limita a vestir: también puede enseñar, conectar y abrir caminos. El mosaico, como ella misma dice, continúa.


